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La revista de la OCU revelaba hace meses que uno de los supermercados más baratos de España es el Consum de mi barrio. ¡Vaya qué suerte! La verdad es que la variedad de productos y marcas es una de las razones por las que iba hasta ahora. El reportaje de la OCU le reportó una buena publicidad que no sé si se ha traducido en ventas, pero, desde mi papel de consumidores, me parecía que todo estaba en consonancia.

Un mes más tarde, este supermercado ha entrado de lleno en la implantación de una marca blanca con el mismo nombre, dando a la marca una nueva dimensión y empezando una nueva trayectoria que no sé donde les llevará. Al fin y al cabo, la competencia está un par de pisos más arriba y vive en un ático de la calle Hacendado. Así que mi gozo en un pozo con la variedad y planteándome llevarme las gafas para la presbicia para poder leer las etiquetas por curiosidad.

¿Misma calidad, menos, más? Diferente. Echo de menos los yogures, pero me he reencontrado con la leche sin lactosa. Y ahora que he contado estas intimidades, me he acordado de todo el mundo que nos enseñó David Rueda sobre alimentación en el Master de Marketing. Me encantaría adelantarme en el tiempo y ver los resultados de ventas de Consum.  ¿Será efectiva la apuesta? ¿Subirá el ticket medio de compra? ¿Perderá clientes?

Esta realidad de mi cotidianidad me ha recordado a la voz de los dobladores, porque ¿acaso las marcas blancas no son voces de otros? El doblaje nos ha convertido en torpes y vagos escuchadores del cine o podemos imaginarnos a Harry El Sucio, Mufasa o Darth Vader sin la voz de Constantino Romero.  El caso es que en un mundo pro transparencia no estaría mal que las grandes cadenas de alimentación mirarán a sus clientes con la inteligencia que nos merecemos y colgaran en su web quién hay tras el personaje, porque nos perdemos mucha información sin los matices de la propia lengua, sin los brillos de la voz.

Amén las estrategias, amén las marcas.

Hace unos días pude realizar una sana costumbre: ir a ver la exposición de "Fotoreporteros" que organiza la Asociación de Fotoperiodistas de la provincia de Alicante y que se exhibe en la Diputación de Alicante. En 2016, vemos la selección de 2014 que los mismos fotoperiodistas nos proponen. No están todos- y todas- los que hay, pero sí todos los que, al final, se unen para mostrar una parte invisible de esta jodida profesión.

Aprendes a ver otra perspectiva de la información cuando trabajas con un fotógrafo. Aprendes la inmediatez, reaprendes el concepto espacio- tiempo y, sobre todo, aprendes a admirar su capacidad inmortal. Porque si los periodistas nos encontramos en una situación de precariedad galopante, pregúntele a un fotógrafo y les aseguro que recibirán un máster de lo que significa ese concepto.

Con los años, sus problemas se han diluido de la escena comunicativa. Creo que la dictadura digital les ha comido el terreno y todos hemos aceptado que de supervivientes han pasado a especie en extinción. ¿Pero no lo sabían? En los periódicos, fueron de los primeros que invitaron a irse, para acabar volviendo como autónomos -sinónimo de "me hace lo mismo o más y una parte se lo paga usted"- y, en la actualidad, compiten contra móviles de alta resolución, aficionados, gabinetes, etc. Es una lucha muy desigual.

La cosa es que voy a la exposición para disfrutar y para mostrar mi solidaridad con una profesión que siempre me recuerda a Los Inmortales de Christopher Lambert. Me imagino a uno de ellos, levantando la cámara -por favor, no olviden tocarle el brazo a un fotoperiodista, es impresionante- y diciendo eso de que "sólo puede quedar uno". 

En ese papel, siempre me he imaginado a mi amigo Pepe, alias Olivares, porque cuando lo conocí, allá por los años de Diario 16 Comunidad Valenciana, fue tan amable de enseñarme a revelar fotos. Para ello, tuvo el detalle de dejarme su cuartito oscuro situado en un palomar de la calle Mayor a una temperatura media de 50 grados. Entonces, no me acordé de Los Inmortales, sino más bien del gen cabrón -perdonen la expresión. Es jerga fotoperiodística- que todos llevan dentro y desarrollan después de que la profesión les machaque y la gente, en general, ignore el valor de su trabajo.

También me acuerdo del día que una amiga trajo la foto con la que su hijo había ganado un concurso -una mosca en una bombilla. Era preciosa y Daniel es ahora un talentoso fotógrafo; pero si no pasa nada, no creo que pise una redacción en su vida. Sólo así podrá vivir de su trabajo, aunque espero y deseo ir algún día a una exposición suya. Quizás en París.

Los fotoperiodistas, al menos los de Alicante, son fáciles de reconocer: cámara grande, brazo de hierro, problemas de espalda permanentes y dos carteles fijos en la cara -si me tocas el objetivo, te mato y hasta los cojones. Si ven a uno o a una, sepan, que los deberíamos de proteger y cuidar. Prueben.

Hoy 25 de enero es la festividad de San Francisco de Sales, conocido por su amabilidad y por ser patrón de los escritores y periodistas. Y aunque alguno, pueda apreciar ciertas contradicciones en lo de amable, escritor y periodista, esta mañana pensé en que, a este paso, el patrón se va a quedar sin fieles.

Dejando al margen la fe, creo que San Francisco se encuentra en un grave momento de crisis. Ayer empecé a leer mensajes en Twitter sobre #periodismo #libertad #dignidad profesional; sin embargo, el santo sólo apareció en una felicitación adelantada de un querido catedrático que me sonó más a pésame que a alegría. Los datos de despido de periodistas son alarmantes, dolorosos y dramáticos. Las caídas de ventas de prensa diaria duelen en el alma y parece que la tendencia aumenta, desdeñando las vocaciones y el buen oficio. Pienso en muchos y excelentes profesionales que, a pesar de sacrificar tiempo y vida, han acabado hastiados y buscando cobijo laboral en otras artes muy distintas.

Así es que Patrón, sepa usted, que de obrar milagro, no tarde mucho y que si el caso es dejarnos morir, avise para que suspendamos las vocaciones y les pongamos nombre en inglés. No se moleste, San Francisco, es sólo para poder comer y, si me apura, vivir.

Afortunadamente, hace años, creí a mi maestra Maria Rosa y cambié el Periodismo por la Comunicación, que, según tengo entendido, aún no tiene santo y la fe la puedes poner exclusivamente en lo que haces. 

Si has leído esto y eres periodista, recuerda a Gandalf y su frase: "Corred insensatos". Feliz día.

Estuve en París hace muchos años durante 22 horas frenéticas. Íbamos en coche a una velocidad romana -sólo en Roma se conduce a chento per chento- y vi con cierta fascinación su encanto. Así que me quedé con la expresión de 'mon amour' para dar a entender ese estado de admiración, de sorpresa, de no saber explicar y al tiempo querer seguir conociendo.

En esto del mundo del Marketing, me está pasando algo similar, y quizás os pase cuando una disciplina -dejemos a un lado a sus detractores- se convierte en un mundo al que siempre le encuentras algo nuevo; pero, sobre todo, cuando las sorpresas son de muy distinto calado. Primero están las chorradas. Sí, las tonterías que envueltas en ese halo marketiniano resultan 'guauuu' (onomatopeya utilizada en varias clases para indicar la máxima satisfacción del cliente). Después está la lógica de una actividad que hacemos casi a diario: comprar. Todas nuestras pautas, nuestras experiencias, hasta nuestro cerebro... eso tiene su miga y me resulta interesante.

Y luego está el París del Marketing, el que acepta que es una ciudad con miles de personas y sabe sacar su ingenio para diferenciarse. Créanme si les digo que la creatividad y la originalidad conviven en casa de un marketiniano, porque todo parece tan habitual y normal que dudas de si alguna vez no lo necesitaste. Lo mismito que ver la torre Eiffel. No le damos importancia porque nos hemos criado viéndola en películas o alguien nos ha hablado de sus historias de amor, pero no me digan que no es original hacerla de hierro y sólo sirve para subir y bajar. Ahora, su valor, su valor añadido, la experiencia de subir y bajar -como dirían en Marketing- es irrepetible.

Advertencia: sus experiencias tienen un precio y ellos lo saben. ¿Lo sabes tú?